Soy
Adriana, tengo 47 años y hoy se casa mi hijo menor; el único varón.
Todavía
no me acostumbro, lo sigo viendo como a un nene.
Creo
que una nunca esta preparada para ver a los hijos partir, ni para ser
la madre que ellos necesitan, todo se aprende.
Es
más, no creo que exista eso que llaman ”instinto materno”, lo
inventaron, es una idea relativamente moderna, estoy segura. Si en la
edad media, los derechos de los niños no existían, muchos morían
de hambre o eran abandonados por sus madres, después los usaban como
mano de obra y recién en el siglo XIX empezaron a preocuparse por
cuidarlos.
Cuándo
supe que la Declaración Universal de los Derechos del Niño,
había sido aprobada en 1959, entendí que la raza humana tampoco
tiene instinto de conservación.
Liberada
del mandato, fui creciendo con mis hijos.
Pensaba
que primero se casaría la más grande pero ni ganas tiene.
Pancho
en cambio, siempre fue un romántico, le gustaban los cuentos con
final feliz. Era conversador, contaba lo que le pasaba en la escuela,
lo que pensaba. Creo que nunca me mintió.
Apenas
terminó la secundaria, se puso a estudiar arquitectura y cambió sin
que me diera cuenta.
Yo
quería seguir sabiendo todo pero más quería que él fuese un tipo
normal y a los hombres no les gusta dar explicaciones, asique me
acostumbré a no preguntar.
Hizo
la carrera rapidísimo, pasaba noches enteras dibujando edificios,
escuelas, casas, puentes; se lo veía poco, pero siempre contento.
Después
supe que además, se había enamorado.
Una
mañana, abrí la puerta de su cuarto sin tocar y lo encontré a los
besos con un tipo.
- Salí
de acá degenerado! Grité.- Vos no Pancho, vos quedate y explicame.
Fue como un shock, nunca imaginé una cosa así. Jamás.
Muda repasé su infancia buscando el momento que se me pasó por alto, culpándome, culpando al padre y al colegio de curas dónde hizo la primaria.
Pensaba en ese chiste de oficina que dice: los que prueban no vuelven. Lo imaginaba hecho una mariquita y me quería morir.
A la noche, un poquito más tranquila pude hablar con las hermanas,
- ¿Y? Dijeron a dúo, ¿Qué tiene de raro?-
- ¿Qué tiene de raro? Son dos varones. Raro no, raros.
- Ay mamá, no seas homofóbica, es lo mismo. Tenes que hacer terapia
- ¿Terapia? Una junta entera de médicos necesito para digerir esto.
Pasaban los días y Pancho no daba señales, tampoco lo llamé.
De a poco fui perdiendo el miedo, el prejuicio o lo que fuera que me ponía tan mal. Sola me acostumbre a la idea y lo empecé a extrañar.
Cuándo volvió ya estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa, incluso un cambio de sexo.
- Dejate de joder mamá, parece que no me conocieras. Somos dos hombres que nos enamoramos, ninguno quiere ser mujer, estamos bien así, me dijo encogiendo los hombros como cuándo era chico.
- Si, tenes razón. Qué loca, me imaginé cualquier cosa, le contesté fingiendo naturalidad.
Nos dimos un lindo abrazo; cerré los ojos y creo que en ese mismo instante me convertí en otra mujer. Esta que soy ahora, una madre orgullosa y emocionada por que se casa el menor de sus hijos.
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