Desde
siempre, escucho personas (incluso amigas) que aseguran que la
virtud más importante que tienen, es la honestidad.
Yo
ya aprendí, no discuto, sonrío y escucho con atención, porque sé
que estoy frente a una hipócrita profesional.
Pueden
decirte que consideran que sus valores morales son el respeto y la
tolerancia, pero un par de minutos después comentar que todos los
homosexuales son unos enfermos.
Y
no verán ninguna contradicción en sus palabras.
Admiro
profundamente a los practicantes de la hipocresía porque se
necesitan muchos talentos para dominarla y ejercerla. La sonrisa, el
abrazo y bajo la manga, listo el puñal.
La
principal cualidad del hipócrita es lo honesto que parece.
Sus
habilidades actorales para dar halagos vacíos a gente que detestan
con pasión, me llevarían años de entrenamiento y no garantizo esa
mueca que simula agrado.
Lo
único que se les puede objetar a los hipócritas es que mantener su
apariencia es lo único que logran hacer y no es tan malo. Hay muchos
que gracias a ser constantes en la hipocresía, tienen un salario.
El
beneficio que tiene un hipócrita en su batalla por convencer a todos
de sus bondades, es la curiosa ventaja de protegerlo de la paliza que
le espera a cualquier persona honesta que tiene enemigos, porque
siempre logrará verse como una víctima.
Una
persona honesta no tiene chance si las mentiras en su contra son
suficientemente creíbles.
Ser
hipócrita te protege de ser juzgado.
Ellos
tienen la sabiduría para elegir amigos honestos (mejor aún,
crédulos)
Los
profesionales de la hipocresía saben rodearse de personas que creen
ciegamente en ellos y que están convencidas de que lo que dice el
hipócrita sobre sí mismo es la pura verdad pero la lealtad no es
algo que practiquen los hipócritas, ellos tienen un alto porcentaje
de éxito en salir impunes de cualquier controversia por que por amor
a su propia filosofía son capaces de traicionar hasta su madre.
Los
hipócritas son pilares de nuestra sociedad.
Gracias
a los hipócritas siempre tenemos miedo de lo que pensamos y
sentimos.
Todo
lo que hacemos puede ser mal visto y comentado sin pausa por nuestros
hipócritas más cercanos.
Los
hipócritas cumplen el rol de juzgar a la gente bajo estándares
imposibles e ideales, de los cuales siempre hay algo que objetar.
Gracias
a ellos somos mejores personas, aunque sea porque nos aterre lo que
lleguen a decirle a otros que piensan de nosotros y te conviertis en
uno de ellos y aprendes a dar halagos vacíos a cambio de la remota
posibilidad de ascender socialmente.
Nadie
sabe disculparse tan bien como un hipócrita
Cuando
llega la hora de caer, el hipócrita siempre tiene las mejores cosas
de las cuales disculparse.
Mientras
más conservador y moral pretende ser, más necesita revolcarse en
los chiqueros para saciar sus vacíos.
Mientras
un vulgar mentiroso tiene que disculparse por algo falso, el
hipócrita debe disculparse por tener una colección de pornografía
infantil, dos hijos bastardos, falsificar firmas y usar la
computadora de su empresa para jugar al tetris.
Sus
disculpas son sentidas y parecen auténticas, porque ser descubierto
es sólo el comienzo de crear una nueva imagen de víctima, es una
oportunidad para fingir que está camino a la redención, porque ha
sido débil. Pero mañana cambiará.
Definitivamente
no creo que la honestidad sea una virtud, es apenas la posibilidad de
conocerse un poco más y digo “la posibilidad” por que de verdad
no es nada grato practicarla.
Y
la honestidad existe, es, primero ante sí mismo.
En
esto, los de afuera “son de palo”.
Porque
la honestidad es aceptar el verdadero origen de los propios actos y
sentimientos.
Y
para ser honesta, no creo que haya nadie que merzca semejante tesoro,
“ser testigo” de mis propias debilidades. Para el caso, prefiero
la virtud de saber cuando es útil e imperioso utilizar una mentira.