Hoy
se murió Laura, fuimos amigas por cuarenta años.
Jamás
nos peleamos, podíamos tener distintos puntos de vista o discutir
pero nada debilitaba nuestra entrañable relación. Nos conocimos en
1° grado; su padre era médico como el mío pero radical y
antiperonista.
Ella
tenía una hermana y un hermano, los dos más grandes, fumaban,
hacían fiestas, iban a recitales y nos enseñaban todo lo que
podían. En su casa había una cocinera que preparaba platos que yo
disfrutaba muchísimo, aunque nunca me atrevía a pedir más.
Un
día, antes de terminar tercer grado su mamá se enfermó, estuvo en
la cama mucho tiempo hasta que murió. Después supe que tenía
cáncer, para Laura fue un golpe durísimo, creo que jamas lo superó
y dejó de sonreír.
Al
año siguiente los militares secuestraron a su tío que era abogado,
la cocinera volvió a su provincia y creo que para salvar la
situación, el padre se volvió a casar con una médica bastante más
joven.
Los
chicos no la querían pero ayudó, había quien firme los boletines y
organice los cumpleaños. La vida siguió más o menos normalmente.
Terminamos el colegio, fuimos a la universidad, empezamos a trabajar,
tuvimos algún que otro novio. Ella siempre extrañaba mucho a su
mamá y hasta planeaba como sería su encuentro en el más allá.
No
tuvo hijos pero era una gran tía y fue la madrina de mi hija mayor.
Parece
mentira pero el estado de ánimo puede influir mucho en la suerte de
una persona, ella era muy depresiva y le iba bastante mal hasta que
por fin consiguió un trabajo estable y algo mejor, un hombre. Con él
viajó por latinoamérica, terminó su carrera de antropología, se
compró una casa vieja en zona norte y se dedicó a las plantas,
tenía flores de todo tipo.
Hace
unos meses, tuvo un resfrío; yo me enojé por que no pudo venir al
cumpleaños de mi hija menor. Después de unos estudios, nos
enteramos que lo que tenia era un cáncer en el mediastino. Una parte
del cuerpo que no se puede operar, está entre los pulmones.
En
ese momento supe que había llegado su fin.
Ella
por primera vez tuvo ganas de vivir, y se puso en campaña para
tratar de curarse. Y yo la acompañé en todo sin mencionar nunca la
posibilidad de que su tratamiento fracase.
Con
ella aprendí que no hay nada más hermoso que acompañar a un ser
amado en un momento así. Solo importa el amor que uno pueda dar en
cualquier de sus formas.
Yo
era la única que la dejaba fumar.
Recuerdo
nuestro último paseo, fuimos al río y nos sacamos fotos. De vuelta
pasamos por un cajero y me dio plata. Por primera vez también, ella
ganaba más que yo.
No
sé si fue rápido o en el tiempo justo, pero de última internación
ya no salió.
Fueron
cuatro días de morfina, chistes y masajes con limón para borrar los
moretones, por fin se pudo relajar,
- Me
tiré un lindo pedito, decía.
Anche
dios se apiadó y le ahorró el trabajoso acto de respirar.
No
sé si alguna vez la voy a dejar ir. Creo que la llevaré siempre
conmigo.
Lo
que me tiene preocupada es este tema de que los muertos nos ven, que
viven una especie de omnipresencia y se enteran de todo lo que una
les quiso ocultar en vida.
Y
yo tenía un secreto milenario.
Cuándo
ella cumplió 22, me fui de su casa con un ex novio que ya no le
gustaba ni un poco pero era un buen amigo y sabía resolver todos los
problemas de una casa. Era electricista, plomero, albañil y tenía
auto.
Creo
que él seguía enamorado y por eso estaba siempre ahí, al pie del
cañón.
No
sé exactamente cómo fue pero terminamos en un telo.
En
eso soy distinta a todas mis amigas; si un tipo no me gusta, lo tiro
al pozo común, no me molesta que salga con otra, mucho menos si se
trata de una amiga.
Nunca
se lo conté, ni siquiera lo dudé, estaba segura de que a ella le
hubiera molestado. Peor traición era para mi, contárselo. Al tipo
jamás lo volví a ver, realmente fue un error sin sentido pero eso
no amaina el dolor que podría haber causado.
Ahora
ya lo sabe o lo sabrá dentro de muy poco. Tal vez en su estado
inmaterial, ya no le importe y solo me importe a mi.
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