lunes, 7 de abril de 2014

¿Y después qué?



Hoy se murió Laura, fuimos amigas por cuarenta años.
Jamás nos peleamos, podíamos tener distintos puntos de vista o discutir pero nada debilitaba nuestra entrañable relación. Nos conocimos en 1° grado; su padre era médico como el mío pero radical y antiperonista.
Ella tenía una hermana y un hermano, los dos más grandes, fumaban, hacían fiestas, iban a recitales y nos enseñaban todo lo que podían. En su casa había una cocinera que preparaba platos que yo disfrutaba muchísimo, aunque nunca me atrevía a pedir más.
Un día, antes de terminar tercer grado su mamá se enfermó, estuvo en la cama mucho tiempo hasta que murió. Después supe que tenía cáncer, para Laura fue un golpe durísimo, creo que jamas lo superó y dejó de sonreír.
Al año siguiente los militares secuestraron a su tío que era abogado, la cocinera volvió a su provincia y creo que para salvar la situación, el padre se volvió a casar con una médica bastante más joven.
Los chicos no la querían pero ayudó, había quien firme los boletines y organice los cumpleaños. La vida siguió más o menos normalmente. Terminamos el colegio, fuimos a la universidad, empezamos a trabajar, tuvimos algún que otro novio. Ella siempre extrañaba mucho a su mamá y hasta planeaba como sería su encuentro en el más allá.
No tuvo hijos pero era una gran tía y fue la madrina de mi hija mayor.
Parece mentira pero el estado de ánimo puede influir mucho en la suerte de una persona, ella era muy depresiva y le iba bastante mal hasta que por fin consiguió un trabajo estable y algo mejor, un hombre. Con él viajó por latinoamérica, terminó su carrera de antropología, se compró una casa vieja en zona norte y se dedicó a las plantas, tenía flores de todo tipo.
Hace unos meses, tuvo un resfrío; yo me enojé por que no pudo venir al cumpleaños de mi hija menor. Después de unos estudios, nos enteramos que lo que tenia era un cáncer en el mediastino. Una parte del cuerpo que no se puede operar, está entre los pulmones.
En ese momento supe que había llegado su fin.
Ella por primera vez tuvo ganas de vivir, y se puso en campaña para tratar de curarse. Y yo la acompañé en todo sin mencionar nunca la posibilidad de que su tratamiento fracase.
Con ella aprendí que no hay nada más hermoso que acompañar a un ser amado en un momento así. Solo importa el amor que uno pueda dar en cualquier de sus formas.
Yo era la única que la dejaba fumar.
Recuerdo nuestro último paseo, fuimos al río y nos sacamos fotos. De vuelta pasamos por un cajero y me dio plata. Por primera vez también, ella ganaba más que yo.
No sé si fue rápido o en el tiempo justo, pero de última internación ya no salió.
Fueron cuatro días de morfina, chistes y masajes con limón para borrar los moretones, por fin se pudo relajar,
- Me tiré un lindo pedito, decía.
Anche dios se apiadó y le ahorró el trabajoso acto de respirar.
No sé si alguna vez la voy a dejar ir. Creo que la llevaré siempre conmigo.
Lo que me tiene preocupada es este tema de que los muertos nos ven, que viven una especie de omnipresencia y se enteran de todo lo que una les quiso ocultar en vida.
Y yo tenía un secreto milenario.
Cuándo ella cumplió 22, me fui de su casa con un ex novio que ya no le gustaba ni un poco pero era un buen amigo y sabía resolver todos los problemas de una casa. Era electricista, plomero, albañil y tenía auto.
Creo que él seguía enamorado y por eso estaba siempre ahí, al pie del cañón.
No sé exactamente cómo fue pero terminamos en un telo.
En eso soy distinta a todas mis amigas; si un tipo no me gusta, lo tiro al pozo común, no me molesta que salga con otra, mucho menos si se trata de una amiga.
Nunca se lo conté, ni siquiera lo dudé, estaba segura de que a ella le hubiera molestado. Peor traición era para mi, contárselo. Al tipo jamás lo volví a ver, realmente fue un error sin sentido pero eso no amaina el dolor que podría haber causado.
Ahora ya lo sabe o lo sabrá dentro de muy poco. Tal vez en su estado inmaterial, ya no le importe y solo me importe a mi.

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