Soy
Adriana, mañana cumplo 40, dicen que la que viene, es la mejor
década en la vida de una dama. ¿Será cierto?
Tengo
dos hermanas, la menor me lleva diez años. Se podría decir que la
nuestra, es una familia de mujeres.
A
mi papá casi no lo recuerdo. Falleció cuándo cuando yo era muy
chica y mi madre quedó bastante triste, nunca se volvió a enamorar,
no estaba en sus planes quedarse sola y su vida fué perdiendo la
humedad que es el signo del deseo.
La
quise mucho, la odié bastante y la volví a querer de una manera
mágica. Me preocupaba mi enojo con ella, nunca es bueno sostener un
sentimiento así y menos con la madre.
Una
amiga me sugirió “el como si”, hacer como si la quisiera y
decírselo aunque no lo sienta; en muy poco tiempo la volví a querer
y me saqué un gran peso de encima.
Yo
creo que las mujeres tenemos un poder especial, una conexión física
con la vida que nos hace creativas. En la antigüedad, griegos,
romanos y egipcios reconocían a las mujeres como sanadoras.
Esclavas o libres, se ocupaban de curar a los enfermos; representaban
el amor, la salud y el nacimiento. Existen registros de los remedios
naturales que usaban para combatir el dolor y sus teorías sobre el
funcionamiento del cuerpo humano, fueron transmitidas desde la
Mesopotamia, a través de las rutas comerciales, a los fenicios,
egipcios y griegos.
Después
empezaron a considerarnos inferiores, se creó la carrera de medicina
solo para hombres, la civilización avanzó y el lugar de la mujer
fue para atrás, pasaron a ser brujas curanderas y las mataban en la
hoguera.
Por
eso siempre tengo un trato especial con las mujeres, les doy más de
una oportunidad.
Volviendo
a mi madre, está internada hace unos meses, desde que le
diagnosticaron alzheimer.
Se
había puesto muy agresiva y por momentos no reconocía a nadie, mis
hermanas no querían saber nada con ella, no la soportan, yo la tuve
un tiempo en casa y me agoté.
Desde
chica tuve la ilusión de cuidarla en su vejez, pensaba que sería el
mejor de los finales para nuestra vida, pero las cosas no siempre
suceden como una las planea, suceden como suceden y punto.
El
secreto es acomodarse, por eso voy día por medio al geriátrico y le
doy todo el amor puedo, ella no sabe quien soy, nunca volvió a
reconocerme y cuando me pregunta, solo le digo que soy Adriana, nada
más.
A
veces me maltrata un poco, tiene un mal humor importante pero está
viejita, no va a durar mucho este calvario.
Ayer
me di cuenta de que hay algo más que me lleva al geriátrico;
Guillermo, el médico. Tiene todo lo que me gusta en un hombre; es
grande, debe pesar casi cien kilos, estoy segura de que fue
deportista. Usa el delantal abierto y siempre lleva puestos los
anteojos de leer.
Me
gustaría invitarlo a salir pero no animé, todavía no averigüé si
es casado y un “no” es rotundo, no tiene vuelta atrás.
Tampoco
voy a usar la excusa de una consulta profesional, empezar por una
enfermedad no me da y seducirlo así nomas es riesgoso; primero
quiero saber si está solo. No tengo ganas de sufrir.

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