viernes, 7 de marzo de 2014

Punto y Coma

Soy Adriana y mañana cumplo años, tantos que hoy dudé.
Salía de dar clase y antes de entrar al otro colegio llamé a casa y le pedía a una de mis hijas que compre la torta que me gusta y 46 velitas.-
- ¿Para qué mamá?
- Para mañana que es mi cumple
- Si ya sé pero cumplis 48
¿Como en serio? Hice la cuenta y tenía razón.
- ¿Me estas jodiendo ma?
- No tenes razón, mejor comprá una sola vela.
Me confundí la edad que tengo, le pifié por dos años y lo peor es que cada vez estoy mas cerca de los cincuenta y muy lejos de los veinte. Eso es lo que me afecta y el calor que siento en los momentos más inoportunos; parece que mi cara entra en combustión, empiezo a transpirar y aunque siempre me pareció asqueroso, me seco con un pañuelo de papel. Después el calor baja hasta el pecho pasa por la cintura, las piernas y no aguanto los zapatos.
Uso un abanico celeste que me regaló un gitano, el verano pasado,
- Tenga, pa cuando le del caló, me dijo.
El ginecólogo insiste con que soy muy joven para la menopausia, pero busque por internet y lo que soy, es un compendio de síntomas: duermo poco, me altero fácilmente, tengo ganas de llorar, aumenté dos talles de corpiño y aunque sea Julio me muero de calor.
Y esto sí que me agarró por sorpresa, no lo había pensado, no es un tema de conversación. Creo que a la mayoría de mis amigas les viene. A mi no.
Nunca fue un problema, excepto la primera vez; mi madre compró un ramo enorme de flores y le contó a toda la familia mientras cenábamos que yo ya era señorita.
Mis hermanos se reían.
- ¡Qué asco! Dijeron todos.
- Un asco era antes, contestó ella, en mi época no existían las toallitas ni los tampones, se usaba una tela y había que lavarla.
- Que asco.
Después de aquella fatídica noche que me gané por ser la mayor de cuatro hermanos varones, no volví a tocar el tema. No me dolía la panza ni la cabeza y me las arreglé bastante bien en el agua y otros sitios. No me interesó tampoco saber como y porque sucedía ni qué relación tenía con la maternidad.
Sucedía y ya.
Pero ahora fue distinto, tenía que rebatir la idea de mi médico y no me quedó otra que informarme.
De pronto, debía cambiar compulsivamente mi alimentación, dejar de fumar y tomar alcohol, hacer ejercicio físico día por medio, consultar a una psicóloga o acompañante terapéutica y lo peor de todo: recomendaban recurrir a un sex shop o directo a la farmacia y comprar un lubricante.
- Qué horror, pensé, ¿Como se pone y en qué momento? ¡Indisimulable!
Al atardecer, en casa me esperaba lo mismo de siempre, la merienda, las tareas del cole, la pelea por el baño, el peine fino, el calor insoportable del horno y el sueño caprichoso que viene y va.
Más cerca de los cincuenta, invité a todos a comer afuera, tomé vino blanco que casi no es vino y para cuándo volvimos ya eran las 12.
Como es costumbre en mi familia, los chicos trajeron la torta que estaba escondida, me cantaron, soplé la velita y pedí un solo deseo: “ no tener que recurrir al sex shop”.
Esa noche, por las dudas practique. Cada vez que me despertaba por el calor o porque sí, en lugar de protestar hice feliz a mi marido.




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